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| Debemos remontarnos a la época de los celtas y celtíberos para encontrar las primeras referencias
sobre la Playa del Pinet. Estos pobladores de la sierra de Crevillente bajaban a tomar sus baños a
esta playa, ya que era el camino más corto entre la sierra donde vivían y la costa. Se puede decir pues, que el establecimiento de Crevillente como pueblo ha ido unido siempre al Pinet como su playa, que aunque sea término de Elche desde un principio fue adoptada por crevillentinos. La existencia de una torre-vigía en la Playa del Pinet hizo que las gentes que allí acudían se situaran a ambos lados de la torre para pasar las vacaciones veraniegas acampados a la orilla del mar. El material de las tiendas de acampada fue evolucionando con el paso de los años, así como la comodidad de las mismas. En un principio, dos puntales y cuatro sábanas viejas eran suficientes. Más tarde llegó la "estera" en lo que pasaron a denominarse "barracas", siendo éstas amplias, esbeltas y fuertes. Años más tarde y considerándose un gran lujo para la época, las barracas contaron con cocinas y cuartos tapizados de arpillera. A principios de 1900 ya plantaban allí cerca de cien familias, cifra muy destacable teniendo en cuenta la población de aquella época. Las costumbres decían que la "plantá" se debía realizar entre San Juan (24 de junio) y San Pedro (29 de junio). Así que el camino que bajaba al Pinet se llenaba en esas fechas de carros cargados con todos los bultos necesarios para montar la barraca: esteras, puntales, catres, colchones... Viaje éste que se hacía durante la noche para llegar a la playa al amanecer con el fin de que las bestias no sufrieran el calor del sol del mediodia. Este acontecimiento ocurría de forma similar pero a la inversa el día de San Jaime (25 de julio), fecha en que se desmontaban las barracas y se tomaba el camino de vuelta. La única diferencia estaba en los rostros de la gente: alegres e ilusionados en el camino de ida, tristes y melancólicos en el de vuelta. La Playa del Pinet contaba con un puesto de carabineros. Allí vivían varias familias en un barracon de obra. Más tarde, después de la Guerra Civil, pasó a convertirse en un cuartel de la Guardia Civil. A finales de junio era una alegría para ellos ver llegar la carabana de carros, pues la soledad del invierno se les hacía muy larga. El poblado que allí se formaba estaba muy bien organizado, contaba hasta con sereno, que en las largas noches de insomnio paseaba vigilante. El mercado lo tenían a las puertas de las barracas, vendedores ambulantes ofrecían pan, agua en cántaros, huevos, gallinas, verduras, frutas, etc. Del pescado se encargaban viejos pescadores jubilados que para sacarse algunas pesetillas salían al amanecer de pesca con sus botes para vender sus capturas a los veraneantes. El Pinet de la época contaba con barracas-fondas que alquilaban sus cuartos y con barracas-tabernas donde la gente se reunía a tomar café o "herbetes" y jugar a las cartas o dominó. Todo el mundo era feliz allí, desde la hora del baño por la mañana, hasta por la noche, después de cenar, cuando se formaban coros al son de las guitarras y se cantaban multitud de habaneras. Y así es como llegamos al 1947. Año éste muy importante, pues el por aquel entonces llamado Distrito Forestal abre un periodo para la solicitud de concesiones en la zona marítimo-terrestre de la Playa del Pinet para la construcción de casitas de obra. Este plazo duraría hasta el año 1955. En un principio es el arquitecto Antonio Serrano y el constructor Manuel Candela quien se encargan de construir las casitas, bien para su venta o alquiler, y que son ocupadas por veraneantes de las barracas, gentes del campo de Elche o crevillentinos ausentes que viven en Madrid. Es en este punto donde empieza la historia del matrimonio formado por José Pomares y María Miralles (Pepe y Maruja). Veraneantes de toda la vida en las barracas, consiguen hacerse con el alquiler de una de las casitas. Como son gente humilde y trabajadora no dudan en emplear sus vacaciones en hacer la comida a los madrileños que alquilaban casitas próximas. Son ellos los que animan a Maruja y Pepe a que alquilen algunas casitas y ofrezcan sus habitaciones con todas las comidas a modo de pensión completa. Corría el año 1953 cuando se deciden a dar el paso definitivo en el mundo de la hostelería y Antonio Serrano y Manuel Candela les construyen el Hostal Maruja. Entre la década de los 50 y los 80 quien no recuerda los pures de Maruja o las hierbas medicinales de Pepe... En 1965 se reúnen en el Hotel Carlton de Madrid más de 200 clientes y amigos para homenajear a la familia Pomares. Es aquí donde, por votación popular, se elige el eslogan del hostal: "LA JOYA DEL DESCANSO", después de que cada cliente escribiera el suyo en una servilleta y se leyeran todos en voz alta. En el año 1987 y por jubilación de Maruja y Pepe, coge el relevo en el hostal su hijo José junto con su esposa Carmen, que continúan con el negocio en marcha hasta el día de hoy. El 12 de mayo de 2002, y dejándonos hermosos recuerdos a quienes la queríamos, Maruja nos dejó para siempre. Descanse en paz. El 31 de julio de 2003 se celebra el 50 aniversario de Hostal Maruja con una multitudinaria velada amenizada por la Coral de Crevillente que con sus habaneras junto al mar emocionan a todos los allí presentes. Esperamos pues, seguir agrandando la historia de Hostal Maruja muchos años más en compañía de nuestros clientes y amigos. A todos... GRACIAS |
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